Mi mamá es de esas sobre protectoras. Cuando éramos niños nos ponía siete capas de ropa que cuando uno pretendía jugar en los columpios, la cantidad de sweateres y el poncho te impedía moverte. No nos dejó gatear porque era una pena que los niños se ensuciaran y ya de grande, en la prepa, cuando me salía sin desayuno, mi mamá llamaba al colegio y me sacaban de clase para darme de comer... De ese calibre es mi mamá. Aún sigue siendo igual, con los hijos y con los nietos.
Recuerdo el día en que mis hermanos se fueron de campamento. Debían tener 10 y 11 años. Un fin de semana largo, a unas horas de la ciudad. Yo la acompañé a dejarlos en el autobús. Todos los papás, los normales, dejaban a sus hijos y se iban. Mi mamá no. Se quedó ahí, parada al lado del bus y le golpeaba en la ventana a mis hermanos, ¨se le quedó la cantimplora, no se le olvide ponerse bloqueador y repelente para los moscos...¨ Mis pobres hermanos la miraban con compasión y querían que se los tragara la tierra porque por supuesto iban a ser la burla de sus compañeros. Uno de plano resolvió cerrarle la ventana: ¨ya mami. No más¨. Pero ella insistía... ¨creo que tenemos tiempo de ir por la cantimplora¨y claro...ahí vamos, a la casa, por la cantimplora. Regresamos. De nuevo los golpes en le vidrio. Esta vez con sonrisa triunfal y cara de resignación del niño. Bueno ya vámonos, le digo yo. Y me hace caso. Pero, ¿qué creen? Se quedó esperando. ¨Yo no me voy de aquí hasta que el bus se vaya¨, afirma... ¨Ay no mamá, no es cierto¨. Y lo peor ahí no acaba. Salió el autobús y mi mamá se va detrás... ya déjalos, de por Dios.
Bueno. Muchos años después. Mi hija tiene once años. Está en un nuevo colegio y los llevan de excursión. Se van de campamento cuatro días. A un parque natural con caminatas, rafting. Seguro se la va a pasar fenomenal. Yo muy civilizada, le compro todo lo que necesita y hago todos los preparativos con ella. Que si necesita zapatos especiales, que la maleta, que una bolsita para el shampoo, en fin. Nos la pasamos dos o tres días en las tiendas, frente a la protesta de mi otra hija que está más chiquita, y le aburren las tiendas, pero además le dan celos tanta atención para su hermana.
El día esperado llega. Es hoy. Es la primera vez que mi hija se va a ir de viaje sin mi. Pero yo no soy como mi mamá. No, yo no. Yo soy civilizada. Tranquila. Es una experiencia que sin duda le va a servir... Muy interesante. No se por qué, porque desde luego no estoy nerviosa, o eso quisiera creer, no pude pegar el ojo en toda la noche... y ¿si se le olvida el cepillo de dientes? y ¿si le da mucho frío? Bueno, que tontería. Ya vámonos mijita. LLegamos y mi hija se encuentra con todas las amiguitas igual de emocionadas. ¨Mira mami todas están de pants y yo me traje jeans¨, dice nerviosa..., pero no importa, da igual, le digo... Pero por dentro por supuesto me da coraje con la niña que le aseguró que todas iban a estar de jeans y hasta ella misma trae pants. Lo importante es que la niña está feliz. A todas las mamás se nos nota algo de nervios, pretendemos actuar muy cool, como dirían las niñas, pero que va, todas sentimos las mismas ñáñaras. Entonces pienso en mi mamá. Ahora soy yo la que está de pie junto al autobús y mi hija se despide entusiasmada por la ventana. El autobús arranca y a mi se me apachurra el corazón. Le digo adios con la mano. Ahh caray... mami como te entiendo ahora. Yo también quiero salir detrás del bus y saber donde va a dormir y protegerla para que duerma bien y no la piquen los moscos. Pero ni modo. El oso, ni de vainas! dirían en mi país, ni de riesgos. Ahí me quedo. Estoica. Mirando como parte el bus y no puedo más que pensar en mi mamá...